El mundo ha perdido el sentido del alma y lo ha enterrado bajo los escombros que dejan los sistemas socioeconómicos promotores del individualismo egocéntrico, el deseo desmesurado de bienes físicos y el rechazo, cuando no odio, al pensamiento diferente.
Retornar a la humanidad de nuestra esencia más profunda resulta un deber personal y colectivo, a la vista de la deriva actual de las sociedades y el deterioro progresivo del capital humano frente al auge del capital material. Ello tiene como consecuencia un mundo en el que se valoran más los intereses económicos en sí, que la finalidad a la que van destinados, el bienestar de las personas, lo cual se traduce en injusticias, carencias sociales, y conflictos diversos.
Las condiciones de vida de la población general degeneran día a día, tanto en poder adquisitivo como en servicios. Las soluciones políticas actuales están encadenadas por un rígido sistema que normaliza que ciertas estructuras aumenten continuamente su poder, mientras que el resto estén condenadas a perderlo irremediablemente, lo cual demuestra su ineficacia para afrontar el futuro más inmediato. Este modelo organizativo no es apto para resolver problemáticas de calado como la sanidad y la educación, ni para protegernos de las maniobras especulativas que merman nuestro bienestar individual y colectivo, ni tampoco de las crisis.
En estas circunstancias, se hace necesario la generación de un cambio transformador de la sociedad y de la administración pública, sin embargo, este cambio no puede llegar desde las estructuras de poder establecido, ni tampoco desde ideologías políticas basadas en el enfrentamiento, responsables de dividir cada vez más a la sociedad, sin dejar margen de acuerdo para resolver cuestiones trascendentes.
El lugar desde donde iniciar esa transformación es el entendimiento en el interior de cada individuo. Una conexión intuitiva con los valores esenciales del alma lleva a la razón a reflexionar sobre aquellas mentalidades, normas y sistemas inadecuados para la vida de cualquier ser humano. La responsabilidad del propio individuo consigo mismo y sus allegados ha de conducir a la actuación y la organización, una actuación encaminada a desarrollar una sociedad formada no solo en el conocimiento de la realidad exterior, sino también en el auto-conocimiento, y una organización que promueva la existencia de representantes públicos con el único propósito de buscar el bienestar de la población.